
La primera edición. Simplemente hermoso.
Recién en 1920 se reveló que él era el autor, y que Emil Sinclair era sólo un seudónimo.
Su nombre real apareció en la portada de la 4º edición.


Desde ese día, cierro los ojos y sé que no estoy sola.
Viajamos juntos por las idas y venidas del pensamiento. Si escarbo una idea te encuentro a veces ayudándola a crecer. Si voy, vas conmigo, siempre, y voy yo contigo.
Cada cielo compartido, cada vez que me afirmo en tu hombro, cada vez que te presto el mío. Ya es imposible el abandono.
Sin condiciones.
Sin esperar nada.
Para siempre...
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A mi mejor amigo.... Gracias por estar allí.
La vi por primera vez y me caló hondo. Estaba allí, en tus ojos, quieta, perenne...
Infinita. Inmutable. Impretérita. Inamovible. Inexpugnable. Incoherente.
Cuando gritas, cuando lloras, cuando te orinas encima. Cuando masticas, cuando estás quieta... cuando escupes.
Y me sigues viendo sin pudor, con esos ojos de almendra tostada y el lunar gracioso en tu mejilla, y me inundas, me lees. Me atraviezas y navegas a tu antojo mientras me mantienes paralizada en tu halo de inmovilidad.
Incluso cuando intentas golpearme se queda alli, coqueta, profunda.
Tamara, intento descifrarte en tus silencios, más allá de los diagnósticos clínicos de quienes creen adivinar lo que se encuentra detrás de tus pupilas, de los que derrocan los mundos que no comprenden...
Te imagino flotando, etérea, en el universo que albergas detrás de tus ojos, donde absolutamente todos son como tú, llevan en la mirada la señal del equilibrio, y la regalan y la esparcen en el aire cada vez que miran al cielo.

Brisa suave... casi ni movía los cabellos, pero se sentía agradable en las mejillas. Era el mismo mundo de todos los días, pero nuevo, inexplorado y esperando. En el aire flotaban pequeñas partículas de algas fosforescentes que envolvían todo en una niebla luminosa apenas perceptible.
Las pisadas sonaban junto con las olas. Las olas jugaban lejos, violentas y delicadas, tras kilómetros de arena lamida y húmeda, y eternamente plana. En la orilla se amontonaban los naranjos urbanos y en el horizonte se desparramaba la luna entre toda la espuma plateada. Y todo era azul. Incluso la luna.
Todo el oxígeno junto en un solo lugar, deliciosamente tóxico.
Tantos días mirando por la ventana, sin atreverme a caminar por el agua. Tantos días sin ver, con un velo de frustración nublándome las retinas, tapándome las narices, amarrándome los tobillos. Y todo lo que necesitaba para despertar un rato estaba allí, literalmente a la vulta de la esquina.
No quiero volver a quedarme dormida.
