
Construyendo escaleras de los árboles caídos...
Brisa suave... casi ni movía los cabellos, pero se sentía agradable en las mejillas. Era el mismo mundo de todos los días, pero nuevo, inexplorado y esperando. En el aire flotaban pequeñas partículas de algas fosforescentes que envolvían todo en una niebla luminosa apenas perceptible.
Las pisadas sonaban junto con las olas. Las olas jugaban lejos, violentas y delicadas, tras kilómetros de arena lamida y húmeda, y eternamente plana. En la orilla se amontonaban los naranjos urbanos y en el horizonte se desparramaba la luna entre toda la espuma plateada. Y todo era azul. Incluso la luna.
Todo el oxígeno junto en un solo lugar, deliciosamente tóxico.
Tantos días mirando por la ventana, sin atreverme a caminar por el agua. Tantos días sin ver, con un velo de frustración nublándome las retinas, tapándome las narices, amarrándome los tobillos. Y todo lo que necesitaba para despertar un rato estaba allí, literalmente a la vulta de la esquina.
No quiero volver a quedarme dormida.

"Cuando alguien busca, a menudo ocurre que sus ojos sólo ven aquello que andan buscando, y ya no logra encontrar nada ni se vuelve receptivo a nada porque sólo piensa en lo que busca, porque tiene un objetivo y está obsesionado por él. Buscar significa tener un objetivo. Pero encontrar significa ser libre, estar abierto, no tener un fin." 
Cuando murió mi abuela, mi primera reacción fue de incredulidad. Después entendí y viví un duelo entero en un milisegundo. Tragué saliva y vino la paz. Así de simple.
Ella era una comadrona estoica de rasgos duros, ahorrativa y calculadora, católica rigurosa, y, hasta el final de sus días, madre de sus siete hijos. Porque su casa estaba siempre abierta, al igual que su enjuto monedero, cuando la necesidad de uno de sus vástagos o de sus numerosos nietos lo exigía.
Profesora de inglés, cantante de ópera olvidada, tocaba el piano y cuidaba en casa los pasos aún más gastados de sus padres. Sus estandartes eran una paciencia infinita y una piel curtida que resistía las peores adversidades.
No fue hasta que murió que me di cuenta lo mucho que la admiraba. Claro, para comprender sus frugalidades, a veces extremas, su respeto heredado por su marido, que gustaba de traer a la casa cosas del mar para que se secaran al sol de las terrazas y exhalaran su aroma pecaminoso de mariscos descompuestos, su paciencia exasperante con los niños de faldas de treinticinco años que aún no lograban despegarse del nido; su ausencia total de consumismo y la prudencia inseparable de cada acto de su vida; para entender todas esas cosas, necesitaba ser un poco más mujer.
Y la vida quiso que ese fenómeno casi milagroso del esclarecimiento de la conciencia sucediera en el exacto momento de su muerte.
Fue ahí cuando entendí cada regalo suyo para cada uno de sus más de veinte nietos cada una de las navidades y cumpleaños, cuando supe por el porqué de las tantas habitaciones de su casa, con más de una cama en cada una, su capacidad de reunir una familia enorme con su sola palabra y sentarlos a todos juntos, agazapados, en su mesa.
Su funeral fue multitudinario. Y tengo que decir que hasta el día de hoy, su muerte no me provocó ninguna lágrima. Porque murió como una heroína, satisfecha de haber terminado cada uno de los asuntos de su vida, segura de haber transmitido todo lo que la vida le había pedido, dejando todo en regla, funcionando.....
Ahora más que nunca la llevo en el pecho, discretamente guardada, para que me susurre al oído alguna palabra cuando la necesite, para regocijarme descubriendo la mujer soñadora y enérgica que mis ojos de niña no podían ver, más viva de lo que nunca estuvo para mí.
Para encontrar los millones de cosas que hay en mí y que aprendí de ella.
_________________________________________
_________________________________________
Este relato lo escribí hace tiempo, pero no lo había publicado, tal vez porque en ese momento todavía rozaba la intimidad del duelo. Pero ahora está aquí, para compartirlo, porque quiero que ella se vuelva velo y me inunde por un rato, en estos momentos donde su sabiduría haría mi vida mucho más simple.